En Neiva, una idea que empezó entre máquinas y aprendizajes empíricos hoy se convierte en un proyecto productivo que genera empleo, inclusión y nuevas oportunidades para la comunidad.
En un taller donde el sonido de las máquinas se mezcla con conversaciones en lengua de señas, cada prenda que se confecciona cuenta con una historia distinta. No es solo tela: es aprendizaje, persistencia y trabajo colectivo.
Ahí está Anyela Toro, al frente de su empresa ‘Anyela Diseño y Confecciones’, revisando detalles, orientando a su equipo, tomando decisiones. Su liderazgo no se impone, se construye. Como su empresa, paso a paso.
Su historia no empieza en un taller, sino en el movimiento constante: de Algeciras a Bogotá, de Bogotá a Cali, de vuelta a Neiva. Años de trabajo en fábricas, aprendizaje en la práctica y una idea que fue tomando forma con el tiempo, crear algo propio “Siempre soñé con tener una empresa”, cuenta Anyela.
Ese sueño empezó a materializarse cuando decidió apostarle al emprendimiento con el acompañamiento del SENA, a través de Fondo Emprender. Lo que antes era trabajo independiente con máquinas básicas, hoy es una empresa en crecimiento que ha ampliado su infraestructura, su capacidad productiva y su impacto. Pero lo que hace diferente este espacio no es solo lo que produce, sino cómo lo hace.
Aquí trabajan personas oyentes y sordas, compartiendo conocimientos, tareas y formas de comunicación. No hay barreras, hay procesos. No hay límites, hay aprendizajes. “Quise abrir oportunidades para mi comunidad, para que puedan trabajar, sentirse tranquilos y crecer”, explica Anyela.
Actualmente, su equipo está conformado por más de 11 personas, entre ellas profesionales y colaboradores en formación. Algunos llevan años perfeccionando su técnica; otros están dando sus primeros pasos en el mundo de la confección.
Uno de ellos es Alexander Cuéllar, quién llegó sin experiencia en el área y hoy domina varias máquinas de taller. “Yo no sabía nada de confección. Pero aprendí. Me quité esa idea de que no podía y hoy hago parte de este equipo”, afirma. Su proceso refleja lo que ocurre a diario en el taller: aprendizaje constante, práctica y confianza.

Desde la parte administrativa, Lina Constanza Salas ha acompañado el crecimiento de la empresa desde sus inicios con Fondo Emprender. Para ella, el proceso ha sido tan profesional como transformador. “Ha sido muy gratificante ver cómo se construye empresa desde cero. Aquí todos los días se aprende, no solo del trabajo, sino también de nuevas formas de comunicarnos y entendernos”, señala.
Ese entendimiento ha sido clave. La lengua de señas, el trabajo colaborativo y la adaptación mutua han permitido consolidar un equipo donde lo importante no es cómo se comunican, sino lo que son capaces de hacer juntos.
La empresa ha crecido de manera progresía: más maquinaria, más clientes, más proyección. Y con ello, un objetivo claro: seguir generando oportunidades. “Quiero que esta empresa siga creciendo y que más personas puedan trabajar aquí”, dice Anyela. Más allá de las cifras o la producción, su historia plantea algo más profundo: el emprendimiento como herramienta de transformación social.
Desde el SENA, este proceso representa el impacto real de programas como Fondo Emprender, que no solo financian ideas, sino que acompañan la construcción de proyectos sostenibles en el tiempo.
Hoy, en este taller de confecciones en Neiva, no solo se elaboran prendas. Se construyen caminos, se fortalecen equipos y se generan oportunidades. Y todo empezó así: de hilo en hilo.
